Frida Varinia

Antipoema para Nicanor

Escrito por fridavariniapoesia 24-01-2018 en Poesía homenaje. Comentarios (0)

La palabra poética

es como la pala

abre surcos

abre pasos

herramienta para sembrar

ideas y arroces

en la tierra de sangre fértil


La palabra poética

es un proyecto práctico

que Nicanor creó


¿O acaso es la pura naturaleza

la que creó el  vino

las parras y las vides?


Sólo sé que todos

bebimos de su exquisito

vino chileno

de su fermentado humor

de su protesta enorme


Que por sus venas de sangre latina

corrió también la de Neruda


Sabemos que son de altura

de los Alpes

de las montañas


donde el lenguaje

toca su brisa de perfección

con el aire del cielo

de los picos más elevados


Donde la luz es rayo

donde los poetas se vuelven

únicos y sus poemas

aromas insoslayables.


Casa Kokay, 23 de enero 2018


Raymundo Ramos. Floresta 100. Gloria Cejka

Escrito por fridavariniapoesia 09-01-2018 en Raymundo Ramos. Comentarios (0)

RAYMUNDO RAMOS: cadenas de palabras corrosivas, eróticas, críticas que llevan el sello de sus sentimientos amorosos y de su progresista ideología


Querido público, amigos:

Antes que nada, quiero aclarar que me atrevo a tomar hoy la palabra porque he obtenido el permiso expreso de este prolífico, extraordinario y muy admirado RAYMUNDO RAMOS, quien afirma que:

Los libros son más de quien los lee, que de quien los escribe

La poesía es un objeto apropiable por el lector. Raymundo Ramos.

Así que por eso estoy ante ustedes, para tratar de transmitirles en pocos minutos, la gran emoción que siento de expresar en público la suerte que considero tener, de haber podido conocer en persona, de leer y deleitarme con la obra de un engarzador de cadenas de palabras corrosivas, eróticas, críticas, que llevan el sello de sus sentimientos amorosos y de su inquebrantable ideología, un hacedor de versos, labrador de cuentos, constructor de ya clásicas antologías y un señorón que como dicen quienes pueden hablar con autoridad sobre él, como Gilberto Prado Galán, “ inventa formas, modifica estructuras, solivianta su voz con terquedad de náufrago, inobedece los imperativos del dogma métrico y en fin, canta como le viene la gana”

Así que todas mis reflexiones, querido público, amigos y autoridades presentes, no son más que un pálido reflejo de lo que su obra, verdaderamente grandiosa en todos sentidos, me provoca cada vez que abro al azar el grueso volumen Poiesis, o su Deítico de poesía religiosa mexicana y Otros 1001 sonetos mexicanos, que dicho sea de paso, le llevó cuarenta años finalizar, o me deleito con cualquiera de sus cuentos, tratando de encontrar el secreto que los hace tan amenos.

Raymundo, rodeado de escritores de la talla de Alfonso Reyes, con un maestro como Salvador Novo, quien incluyó al entonces muy joven Ramos en alguna o algunas de sus antologías, el cual por lo que se puede apreciar por su vasta obra poética tiene dotes naturales para el soneto y ha sabido encaminar sus pasos a ser lo que hoy conocemos y reconocemos, un escritor, espadachín de la palabra como lo califica su hija Frida, que desde hace más de medio siglo ha sido colmado de premios y reconocimientos por su poesía, cuentos, ensayos y críticas literarias, además de consagrarse como un catedrático de primer orden.

Al recapacitar qué faceta de Raymundo Ramos destacar para que los presentes hoy en este homenaje por sus 80 años de fecunda vida, se contagien de la euforia que me invade por tomar la palabra en esta ocasión, de inmediato se me ocurrió que si el diamante no tuviera un facetado múltiple no brillaría como lo hace cuando tiene un buen quilataje, así que todas y cada una de las cualidades del escritor Ramos contribuyen a darle brillo a su monumental obra y el merecido reconocimiento del que hoy goza. Sin embargo, sólo diré que es imposible pasar por alto su clara y permanente vocación progresista, su beligerante defensa de las mayorías, cómo canta a pueblos emblemáticos como Lídice, arrasado por los nazis en la ex Checoslovaquia, o eleva su Oración por el Che Guevara, o lo que dice “Sobre la tumba de Martín Luther King”, o lo que escribe sobre “Gandhi” y la indignación que lo invade en el “Canto por Patricio Lumumba”. Sobra cualquier comentario después de leer su poema intitulado “Democracia”. Y qué decir de sus poemas dedicados a tantos y tantos países, lugares y acontecimientos que se distinguen a veces por lo épico, a veces por lo romántico, y siempre, siempre por su musicalidad y sentimiento, como su “Oda del Macchu Anciano” que me emociona al recordar mis múltiples visitas a esa región mágica.

Saúl Ibargoyen dice de él que la habilidad formal está al servicio del encaramiento temático y que la elección de los temas tiene que ver directamente con los aspectos ideológicos, lo que le permite a Ramos ocuparse de asuntos permanentes en la literatura e incluir otros cuyo desarrollo implica una correcta adecuación a la realidad de estos días.

Raymundo Ramos sabe de pronto ahuyentar su escepticismo y mirar en torno suyo con ojos de poeta, de hacedor de versos, que nos contagia de inmediato su sentir ante las bellezas de la naturaleza, el legado gratuito del que disfrutamos quienes “hemos escogido nacer aquí” a una nueva vida y así podemos leer en voz alta los poemas de Raymundo y sentirnos agradecidos por pasar nuestra existencia, aquí en Morelos en un entorno de belleza natural solo empañado ahora por la violencia y la ingobernabilidad.

Y qué decir de ese poemario que hoy tenemos en nuestras manos, Floresta 100. El jardín de los pensamientos, dedicado a su hija Frida, de quien afirma en el último verso: Frida Varinia (umbela) flor intangible de la floresta, que contaba entonces con sólo unos meses de edad. Ese último día de aquel año, 31 de diciembre de 1961, bajo la sombra del hermoso laurel que se yergue majestuoso en su finca de Cocay, en Temixco, casa diseñada por Diego Rivera, Raymundo finalizó cien versículos inspirados en la hermosura de cien flores. Al incluirse este canto en Poiesis, poesía hasta donde va,recopilación en más de mil páginas de poesía del autor, publicado en el 2002, agregó el final del epígrafe para Frida Varinia y ahora para Isis, su nieta que ahora cuenta con quince bellos años.

La capacidad de Raymundo Ramos de amar es en todos sentidos envidiable, porque ha logrado eternizar en letras de molde metafóricas descripciones que una y otra vez al leerlas nos sacuden de nuestro marasmo para hacernos vivir instantes de absoluta ensoñación en Floresta 100, seguramente viendo retozar cerca de él a Frida, escribe:

No hay razón para alarmarse,

entre la roja floración de los geranios

se ha injertado la sombra musical de un pájaro.

Las violetas pintan los atardeceres

graduando la luz con sus ojeras.

A caballo van las flores de mis recuerdos

Mariposa de amor

—flor esmaltada—

que al volar de mi alma

te has llevado

el jardín en tus alas

El colibrí es flor equilibrista

En el invierno los jardines amanecen

florecidos de estrellas

y el cielo estrellado de flores

Flores de Noche Buena

hay una estrella de sangre en las ventanas.

Y sus tres últimos versos

Poesía: ¡ flor ideal sobre la noche pura!

Por mi cabeza rondando las flores de las ideas

Frida Varinia (umbela): flor intangible de la floresta

Hasta aquí este somero recorrido por Floresta 100, pero quiero compartir con ustedes que umbella, simplemente umbela como aparece en el poema dedicado a Frida y que normalmente es una inflorescencia que parte de un mismo tallo para elevarse en flores dispuestas en sombrilla, pertenece a una familia de plantas dicotiledóneas, algunas de las cuales son comestibles como las zanahorias y el perejil, otras son venenosas como la cicuta. Esta flor seguramente se agrupa entre las más de 600 variedades de plantas comestibles que gracias al afán destructor del hombre, hemos ido perdiendo a través de los años.

Me imagino que seguramente ya desde los más tiernos años de su hijita, Raymundo Ramos quizá escogió a esta planta para cantarle a Frida porque presentía que las facetas de ésta ahora gran poeta, serían muy variadas, pero tendría también la enorme calidad humana que la distingue, para cobijar, como generosa sombrilla, no solamente a su propia familia, sino a esa familia que ha ido formando a través de los años, con alumnos, colegas y amigos, abrigando de forma muy especial, los deseos de crecimiento que teníamos en el campo de la poesía y de las letras, quienes acudimos a ella para florecer también en el campo de la poesía.

Perdón por esta digresión, pero quien canta al árbol, quiere también a sus frutos.

Y no puedo terminar mi canto de alabanza a los ochenta años de vida de Raymundo Ramos sin darme el gusto de leerles, una pequeñísima muestra de su poesía amorosa:

La cama redonda

Una cama redonda

para el amor, amada,

donde rueden los cuerpos

lo mismo que las almas.

Una cama que tenga

todo lo que haga falta:

almohadones de sueño

con olanes de Holanda.

Olor a nardos nuevos

Y a cuerpos que se abrazan,

Lencerías de espuma

Con encajes de ala.

Una cama que sea

el centro de la casa,

redonda como el mundo

y como el mundo, vasta.

Para morir no importa

una caja cuadrada, pero el amor precisa

luz de luna preñada;

la hoguera de los besos,

la curva de la espalda,

las ánforas del seno

y una redonda cama.

Deseo desde esta tribuna que Raymundo Ramos, máximo representante de su generación, y de la generación de muchos poetas nacidos antes y después de ese 2 de noviembre de 1934 en que vio la luz este coahuilense talentosísimo, que Raymundo Ramos, repito, termine pronto su proyecto sobre la novela mexicana y dedique todavía mucho tiempo a la poesía, esa brisa refrescante y embriagadora que nos traslada al mundo ideal que todos anhelamos.

Muchas felicidades Raymundo

Y a ustedes también por poder leerlo y disfrutar de su talento.

Gracias.

Gloria Cejka

Texto leído por el Gloria Cejka en el homenaje a Raymundo Ramos por sus ochenta años de vida y su trayectoria literia y la presentación del libro Floresta 100. El jardín de los pensamientos. Quadrivium editores. Sala Juan Dubernard. Museo Regional de Cuauhnahuac, Palacio de Cortés, 5 de diciembre de 2014, Cuernavaca, Morelos.

hojaCastro, hoja suelta desde Kokay, 8 de diciembre de 2014, Temixco, Morelos, México


Raymundo Ramos Gómez: con los ojos puestos en las estrellas. Dr. Raúl Carrancá y Rivas

Escrito por fridavariniapoesia 09-01-2018 en Raymundo Ramos. Comentarios (0)


Hablar de Raymundo Ramos es hablar del poeta, lo que ya se hizo. Nada más que la poesía, rebasando la jaula de oro del verso burilada con esplendor y hasta primor, abarca un mundo infinito. Tal vez por eso nació el verso libre y la llamada prosa poética —pienso en Marcel Schwob y en sus Vidas imaginarias— que llevan el ritmo en las ideas y en las palabras armonizadas, más que en la métrica rigorosa la que en el arte poético no tiene por qué llegar a la tiesura y rigidez. En este sentido hay prosa poética, trátese de la materia que sea —Gregorio Marañón, de la Generación del 98, es un maestro al respecto: he allí por ejemplo Tiberio, Historia de un resentimiento y Elogio y nostalgia de Toledo—. Y poesía es también la vida bien llevada y vivida de acuerdo con un ritmo y armonía que yo llamo espiritual, es decir, de esencia y substancia. La vida humana puede ser una poesía o una tragedia, una verdadera hecatombe, lo que en gran parte depende de nosotros. El hecho es que el homenaje al maestro Raymundo Ramos me lleva de la mano, entre dulces y promisorias añoranzas, a un espacio luminoso de nuestra juventud. Y digo promisorias porque en ello no hay nostalgia ni tristeza melancólica por el recuerdo de dichas pasadas sino promesa de dichas, aparte de presentes, ya futuras y que mantienen viva la poesía. En cuanto a la juventud yo tengo acumuladas un poco más de cuatro, igual que Raymundo: si multiplico veinte por cuatro —veinte, edad predominantemente joven— resultan los años de mi vida. Por otra parte y dígase lo que se diga en contra somos eternos, nuestra presencia y vivencia espiritual es imperecedera. Es poética.

  Ahora bien, entrecierro los ojos, los entorno como una ventana a la vida, y recuerdo cuando conocí a Raymundo. Fue en un viaje en tren a Oaxaca, de ocho o más horas. Íbamos Raymundo, yo, Genaro y Gonzalo Vázquez Colmenares, Federico Hemmer Colmenares, Porfirio Muñoz Ledo, Rafael Ruiz Harrell, Manuel Osante López. Casi todos oradores, escritores, estudiantes de Derecho, por supuesto que literatos y hasta poetas. Nos hospedamos en la casa paterna de los Vázquez Colmenares, en el parque Conzatti. Nos acompañaba un hombre mayor que nosotros, Luciano Kubli, abogado y poeta, autor de unos bellos Romances, de Sureste proletario y de Cárdenas en Tabasco. Su voz poética nos entusiasmaba. ¡Qué veladas! Se desbordaba el talento y la inquietud, la palabra fértil, elocuente, tempranera. Intimé con Raymundo cuando yo daba clases de literatura universal, hispanoamericana y actividades estéticas, en concreto oratoria, allá por el año de 1951, en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, la de los murales de Diego Rivera y el maravilloso Generalito (llamado así para distinguirlo del salón general de la Real y Pontificia Universidad de México que era de mayor jerarquía), teniendo como compañeros de cátedra a Andrés Henestrosa y a Francisco Liguori, con quienes varias veces examiné en común a los alumnos. Raymundo nos miraba de lejos, más bien me miraba, con dulce socarronería acompañada de una burla suave, amistosa. Esto era porque Raymundo nunca fue solemne. Manejaba la oratoria, la auténtica retórica de aroma clásico, con una elocuencia templada, moderada, de sutil transparencia y brillo, digamos que sin ruido ni estridencias inútiles. Nos leíamos nuestros trabajos con frenesí literario bajo el impulso generoso de nuestro profesor de literatura, el inolvidable Vicente Magdaleno, hermano de Mauricio, el autor de Las palabras perdidas, donde se evoca la gesta de la autonomía universitaria de 1929 perfilándose entre líneas la figura recia de José Vasconcelos y la del joven orador sacrificado Martín del Campo, a quien elogia aquél en sus Memorias. Pero en medio de tanta exaltación y perturbación del ánimo, producto de la flama juvenil guiada por la emoción de la palabra, se imponía la moderación de Raymundo, su madurez temprana y ya lúcida. La reverberación de nuestras inquietudes hallaba mesura en el temperamento de Raymundo. Oaxaca, pozo de nuestras incertidumbres que aclarábamos entonces respirando la atmósfera milenaria de la vieja Antequera, manantial inagotable de cultura, cuna de amores tempranos, románticos, con el toque provinciano de López Velarde. Y Raymundo presente, siempre presente, con su inteligencia clara y oportuna.

  Vuelvo a entrecerrar los ojos y nos veo en la antañona Casa de los Azulejos, que aloja un famoso restorán y cafetería, conversando largamente de literatura, Derecho y hasta de política. Allí iban a desayunar nuestros maestros de la Facultad de Derecho, sita en el viejo barrio universitario y cerca del edificio de San Ildefonso: Eduardo García Maynes, Antonio Martínez Baez, Alfonso Noriega Cantú. Los dos últimos me dispensaron su amistad con el transcurso del tiempo y leían mis trabajos publicados en El Universal, El Día y El Heraldo de México. ¿Te acuerdas Raymundo que leíamos a Marcel Schwob en sus fantásticas Vidas imaginarias y a Lord Dunsany en sus maravillosos Cuentos de un soñador? Tú bordabas sortilegios mágicos de entusiasmada imaginación, fantasía y realidad juntas. ¡Qué sensibilidad! ¡Qué talento el tuyo! Potente e incluso feroz en ocasiones, que luego atemperabas como el agua al metal hirviendo. En este contexto hablábamos de música y la oíamos, la escuchábamos en los discos de acetato. Conservo todavía varios, entre ellos uno de música de Debussy, que nos transportaba a otros mundos imaginados, presentidos en nuestra conciencia y en nuestro corazón. Era tal mi pasión, y la sigue siendo, por el genial músico impresionista que hasta la fecha conservo un pisapapeles de Murano que me regaló mi padre, con iridiscencias de arcoíris, al que yo llamaba “una lágrima de Debussy”. En el álbum que tengo de discos de acetato, y que tú me regalaste, escribiste las siguientes palabras: “A mi internacional amigo dedico estos discos con música de Debussy, que evoca una lágrima multicolor”. La dedicatoria se debió a que en el mes de julio del año de 1954 obtuve en el Palacio de las Bellas Artes el primer lugar en el Concurso Internacional de Oratoria, convocado por el periódico El Universal, patrocinado por la Secretaría de Educación Pública y por la Universidad Nacional Autónoma de México. Pero cómo gozábamos La fille aux cheveux de lin (La joven de los cabellos de lino). Al oír la interpretación de Alicia de la Rocha, Raymundo disertaba poéticamente. Qué finura de pensamiento, qué serenidad en la exposición. Amigos así hay muy pocos en la vida, contados, con los que se intercambian emociones y sensaciones. La vida, asombrada de eternidad, que hila y deshila infatigablemente en su rueca, nos ha llevado a Raymundo y a mí por rumbos diferentes pero similares, que no son opuestos. No sé él, pero yo siempre lo he tenido como un amigo en la semi penumbra, como un personaje cuya mirada y sonrisa lo dice todo, como una presencia transparente. A Raymundo no se lo puede olvidar. ¿Cómo decirlo con mejores palabras? Hay un libro que compartimos juntos, Los idus de marzo, de Thornton Wilder, novela histórica que tanto admiraba Borges, donde se alude a un personaje que yo llamo de referencia, es decir, que se lo insinúa, que el autor se refiere a él, pero que no aparece en escena. Se le dirigen cartas que obviamente no contesta, pero que sin embargo atestiguan un intercambio de ideas mágico (“como tú me dijiste en tu última carta”, o sea, se da a entender). Es algo parecido a la luz de un fuego. Así ha sido Raymundo en gran parte de mi vida. Lo he visto y no lo he visto, ha estado conmigo sin estarlo. No es un amigo que fue, es un amigo que es, permanente, que rebasa al tiempo. Esto lo define. Sus palabras, sus ideas que descorren velos sutiles, han sido para mí como el viento que trae sonidos imperecederos que explican cosas apenas perceptibles, palabras que nos asombran convenciéndonos. ¡Ese es el poeta! Nos hace ver porque es vate, adivino. Raymundo con su estro poético escribió páginas que aún leo en mi conciencia y repaso en mi memoria. Inspiración ardiente la suya que estimula lo mejor de nosotros. Él y yo vivimos hace años lo que hoy seguimos viviendo porque la poesía detiene al tiempo, lo atrapa entre redes que paralizan su angustia de prisa. Cómo declamábamos el Canto general de Pablo Neruda y sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: “Antes de la peluca y la casaca/ fueron los ríos, ríos arteriales”. O, “Puedo escribir los versos más tristes esta noche./ Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada,/ y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. Recuerdo que los recitábamos recostados sobre el pasto en la casa de los Vázquez Colmenares, mirando el maravilloso cielo constelado de Oaxaca, muchedumbre de luciérnagas en medio del canto de la noche. Raymundo tiene pocos años menos que yo, pero en esa época era nuestro maestro coloquial. Al caer la tarde salíamos a caminar por las calles de Oaxaca, donde las sombras nos sorprendían entre luces pálidas. Y Raymundo hablaba, ya era el poeta maduro y fresco. Una noche de ecos familiares y dulces me recomendó entusiasmado leer El pesador de almas de André Maurois (el alma es una energía que se puede pesar). Tesis sorprendente que ya nos llevaba entonces a dilucidar sobre la vida y la muerte. Yo no sé si de todo ello se acuerda Raymundo, porque el que da suele olvidar lo que está dando; pero, en cambio, el que recibe lo guarda, con prudente sigilo, en un cofre bien sellado. Qué intercambio hacíamos de literatura. Nombres de autores de toda clase, de distintas materias, iban y venían saltando de boca en boca a la hora de la cena, obviamente con buen vino. Alegres, festivos, dicharacheros, tomábamos al mundo como lo que era para nosotros, un espacio en que vivir intensamente y sin temor a nada. Reuniones, qué reuniones en la Ciudad de México, en un restorán de la Zona Rosa, sentados a la mesa nosotros, Manuel Osante, Carlos Monsiváis, Arturo Azuela. Literatura, pasión, vida, crítica.

  Raymundo amaba y sigue amando el idioma como una expresión del espíritu, posiblemente la más fina y profunda. Nuestra generación, años más, años menos en cada uno, fue marcada indeleblemente por la obra de Hermann Hesse (también por Marcel Proust y Aldous Uxley). Siddhartha, El lobo estepario, Demian, El juego de abalorios, Contrapunto, Un mundo feliz, Huxley y Dios, eran el constante motivo de intercambio de ideas. Sensaciones que volaban impacientes alrededor de nuestro corazón para luego detenerse en la caldera del pensamiento. Nunca olvidaré la perspicacia literaria de Raymundo, es decir, su agudeza y penetración de entendimiento. No es por florearlo (él no lo necesita) sino por justo reconocimiento a una cualidad inherente a su ser. No lo adorno ni tampoco lo guarnezco con elogios. Este es un homenaje, no una reverencia política. Qué manera la suya de abrir el secreto literario. Al respecto se me ocurre que quizá por eso se ha convertido en un gran poeta, porque sabe resumir en una palabra el enjambre de la colmena literaria.

  Confieso que me siento un poco atolondrado, hasta confundido, por el asalto repentino de la asociación de ideas. Pero Raymundo es el responsable por su erudición gratuita, que es de gracia, de llevarme a eso. ¿Te acuerdas cuando Sergio Veraza nos recomendó La séptima carta de Vintila Horia, libro extraordinario que después me regaló Luz María, donde se narra cómo Platón pretendió constituir en Siracusa un Estado en que gobernaran los más sabios? Tal vez sea conveniente recordar las palabras que Platón pone en boca de Sócrates, en su Estado, al preguntársele cómo se trataría a un hombre de cualidades excelsas, a un genio en un Estado ideal: “Lo veneraríamos como a un ser divino, maravilloso y digno de ser amado —responde Sócrates—; pero, después de haberle advertido que en nuestro Estado no existía ni podía existir un hombre así, ungiéndolo con óleo y adornándolo con una corona de flores, lo acompañaríamos a la frontera”. Tú que te asomaste a la carrera de Derecho sin duda alguna lo sabrás apreciar, sobre todo si esto lo llevamos al terreno de la literatura evocando las palabras de Borges: la verdadera democracia no existe en la realidad.

Querido Raymundo, para concluir traigo a mí memoria nuestro amor por las letras españolas, en especial por la Generación del 98 y más en concreto por Azorín, Ortega y Gasset, Unamuno y Gregorio Marañón, del que ya hablé. Primero incursionábamos en Ángel Ganivet, autor del Idearium español y de Granada la bella, a quien se considera por su incertidumbre vital y angustia espiritual precursor simbólico de la Generación del 98, que escribió la formidable Canción de la piedra (“Si muerte y vida son sueño, /si todo en el mundo sueña, /yo doy mi vida de hombre /por soñar muerto en la piedra”). En Los pueblos de Azorín nos deteníamos sorprendidos por la finura de la prosa, la profundidad del estilo y el alma poética del escritor. ¡Un clásico! En La rebelión de las masas o en Mirabeau o el político de Ortega y Gasset su prosa llena de vetas milagrosas, a menudo iridiscentes, inundaba nuestro espíritu con el esplendor de su estilo claro, rotundo, profundo, marmóreo, henchido de sonoridades. Y qué decir de Unamuno, arterial y venoso, corajudo, tan contundente que aprieta y oprime obligando a pensar duro, por ejemplo en Niebla, que yo hermano con La tregua de Mario Benedetti, y en El sentimiento trágico de la vida. En una palabra, genial. Los leíamos con devoción juvenil y aunque enamorados de la literatura universal siempre fuimos adoradores de la nuestra, de la escrita en el idioma que nos arruya y orienta. ¡Las letras españolas! Tal pasión la compartíamos con el entrañable y talentosísimo Manuel Osante, al que cariñosamente le decíamos “el Oso”, mexicano y español al mismo tiempo, más lo uno que lo otro, más lo otro que lo uno. Y transpirabas y respirabas poesía por los poros del alma. Siendo igual que nosotros tuviste siempre algo de hermano mayor, de guía en algún sentido. Era tu innata sabiduría poética, tu videncia. Con los ojos puestos en las estrellas, pisabas duro la tierra, la ingente realidad. Yo te definiría como un escritor y poeta ideal-realista-romántico, no sé si por este orden. Te guía el corazón pero también el temperamento social y objetivo. Creo que tu hija Frida Varinia envió hace unos días a mi correo electrónico unos versos tuyos escritos en 1958, lejanos y presentes, actuales, de los que cito lo siguiente: “un afan beligerante/ crece del sueño del mal/ como espada de injusticias/ que rompe carne nupcial”. Sí, Raymundo, el mal, lo mismo el individual que el social, es un mal sueño. Hoy nuestro país está hundido en un afan beligerante y nos acosa la espada de las injusticias. Por eso es imprescindible que la voz y la presencia del poeta despierten a México a una existencia real y efectiva, a una verdad superior. Requerimos poesía no sólo métrica sino libre, como manifestación de una belleza que infunda en nosotros un deleite espiritual y por supuesto moral, a lo que no tiene por qué ser ajena la sociedad. En este sentido la Justicia es bella y el camino hacia ella es una ruta de belleza. No de otra manera pensaron los auténticos creadores y fundadores de nuestra cultura occidental. Platón, en Protágoras y en la República, concibe a Prometeo como el gran dador o proveedor del don de la Ley y la Justicia, quien evitará que el hombre perezca por obra de sus propios inventos. Según Protágoras los hombres se causaban unos a otros daño cuando intentaban congregarse en ciudades, “porque aún no poseían, como ahora, ni ley ni arte de la política”. La pregunta es si congregados en ciudades ya dejamos de dañarnos mutuamente, y si ello se ha evitado con la ley y el arte de la política. ¿Qué le hace falta, pues, a la ley y al arte de la política? Mi respuesta es que aunque pueda parecer mentira o ilusión, la utopía de Platón dejará de serlo cuando los valores superiores de la poesía, de la idealidad, de la espiritualidad, del pensamiento sólido, dominen sobre lo demás. Sin embargo la cuestión enorme, gigantesca, es saber qué es un poeta y obviamente qué es la poesía, de qué naturaleza están hechos. ¿Por qué se es poeta? No omito que en su República Platón expulsa a los poetas de la ciudad, fundamentalmente como crítica a una tradición oral, a la llamada oralidad poética, y obviamente en defensa de la cultura escrita. No hay que olvidar que en la época de Platón se conocía a los poetas principalmente de oídas, siendo que apenas se los leía. Además la poesía tradicional se componía de recitación, acompañamiento musical y baile, es decir, era una ocupación aparte de imprevista prácticamente improvisada. En Las ranas de Aristófanes, que por cierto recuerda mucho a un proceso judicial donde Eurípides y Esquilo pesan sus versos en una balanza, éste le pregunta a aquél: “¿Por qué razón hay que admirar a un poeta?” A lo que Eurípides responde: “Por su destreza y su capacidad educadora, y porque hacemos mejores a los hombres en la ciudad”. Y concluye Esquilo: “esos son los temas en que deben ejercitarse los poetas”. Pero este es otro asunto a debatir en otro foro.

¿Qué es un poeta? El eminente poeta francés Yves Bonnefoy al recibir el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2013 en la inauguración de la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara, sostuvo que “la poesía es una forma particular de cuestionamiento del mundo y de la existencia”, añadiendo que las grandes obras de la poesía no son sólo poemas y que la poesía debe amar las palabras, reconocer y encontrar en ellas la memoria de la plena realidad existencial. La verdad es que la poesía rompe la temporalidad de la palabra y la hace eterna, rasgando también el velo de la temporalidad del hombre para humedecerlo de eternidad. La poesía es una transfiguración de la realidad, y no una adulteración ni tampoco una suplantación de ella. Ars est homo aditus naturae, dijo Francis Bacon. Emile Zola a su vez defiende el naturalismo como "la naturaleza vista por un temperamento". Lo que se puede aplicar al escritor, al poeta, al pintor y por supuesto al músico. Pienso en La tempestad de Giorgione, verdadera poesía pictórica, que vimos en La Academia de Venecia. Pienso en la sexta sinfonía de Beethoven, llamada Pastoral. Lo innegable es que la poesía se manifiesta en pocas palabras como las del profundo y exquisito Manuel Machado, que fue de “la raza mora, vieja amiga del sol”, en sus Últimas soledades: “Tengo el alma de nardo del árabe español”. Y tú, queridísimo Raymundo, eres un poeta intemporal, vidente del alma y exquisito e incomparable amigo también intemporal.

 Por último, la sensibilidad filial unida a la emoción de este momento me llevan a recordar las palabras de mi padre, Raúl Carrancá y Trujillo, que puso a manera de epígrafe en su novela Camaradas, que me dedica, y que hoy dejo aquí: “No ser copistas de la realidad —que está ahí para que todos la veamos—, sino sus intérpretes; no fotógrafos, sino pintores; no historiadores, sino poetas”.

  ¡Seamos poetas!

Discurso leído por el doctor Raúl Carrancá y Rivas en el homenaje a Raymundo Ramos por sus ochenta años de vida y su trayectoría literia y la presentación del libro Floresta 100. El jardín de los pensamientos. Quadrivium editores. Sala Juan Dubernard. Museo Regional de Cuauhnahuac, Palacio de Cortés, 5 de diciembre de 2014, Cuernavaca, Morelos.

hojaCastro, hoja suelta desde Kokay, 8 de diciembre de 2014, Temixco, Morelos, México


Deíctico de poesía religiosa mexicana, de Raymundo Ramos. Andrés González Pagés

Escrito por fridavariniapoesia 09-01-2018 en Raymundo Ramos. Comentarios (0)

Participación de Andrés González Pagés en la presentación del libro Deíctico de poesía religiosa mexicana, de Raymundo Ramos, efectuada en la sala “Manuel M. Ponce” del ICM, en Cuernavaca, el 24 de septiembre del 2004.*

1. Del autor

Valga, de entrada, un comentario sobre mi relación personal con Raymundo Ramos, que mostrará para todos ustedes, incluido el propio deiticista, la complejidad de mi presencia en este acto.

  Supe de Raymundo Ramos en los tiempos universitarios, allá por los años sesenta o setenta, por algún artículo suyo que leí o por alguna clase suya que escuché. No recuerdo el tema, pero recuerdo bien que encontré en sus palabras, escritas o pronunciadas, una gran afinidad con lo que yo pensaba entonces sobre el asunto del que se haya tratado, y no sólo eso, sino con la forma de tratarlo. Era el tiempo en que yo buscaba muy seria y apasionadamente una forma de expresión digna de mis ideales, y resultaba que Raymundo Ramos parecía haberse educado en los mismos planteles que yo, haber tenido a los mismos profesores y maestros y haber leído los mismos libros y, que en consecuencia, ejercía, ya madura, una escritura muy parecida a la que yo estaba aprendiendo a hacer. Después seguí leyéndolo siempre que tuve oportunidad.

  Un día de hace tres o cuatro años el Centro Mexicano de Escritores celebró los cincuenta de su existencia, y como los dos habíamos sido becarios del mismo, coincidimos en la comida correspondiente. Nos dio gusto conocernos, y quedamos en mandarnos aquellos de nuestros libros que tuviésemos repetidos. Semanas adelante recibí su volumen de varia invención Simulacros y la mirada sesgada, a cuyo término no me quedó más remedio que escribirle a Raymundo una carta en la que le hablaba yo de esa afinidad que ahora he comentado aquí y decirle que mi Crestería, que estaba yo enviándole junto con esa carta, era el resto del primero de tres tomos de una trilogía que antes había yo pensado escribir y que ya no iba a hacerlo, no nada más por falta de tiempo, sino porque no pocos de los temas en que hubiesen consistido ya los había escrito él en el libro que acababa de leerle. En términos literarios, puede decirse que comenzaba yo a no saber si yo era Raymundo Ramos o si Raymundo Ramos era yo.

  Por fortuna, ha llegado el día de la aclaración, este mismo de hoy, en el que por su gran amabilidad el maestro y amigo Raymundo Ramos me ha invitado a compartir con él y con otro amigo, Javier Sicilia, este evento feliz. Y digo aquí, hoy, que Raymundo Ramos es Raymundo Ramos, y que yo soy yo. Es decir, que sin menospreciar en lo más mínimo este hermoso y supremo trabajo intelectual suyo que es el Deíctico de poesía religiosa mexicana, decididamente elevado por un prólogo brillantísimo, culto, magistral, digo que yo no lo hubiera escrito, no sólo por no tener los conocimientos y la impresionante capacidad analítica del autor, sino, sencillamente, porque en conjunto, para considerarla como posible momento estructural en mi línea de producción literaria, la poesía religiosa no me interesa. Es decir, que sólo me interesa como poesía, que es el más noble producto del ser humano, en determinados puntos muy particulares. En concreto, me interesa mucho más por ser poética que por ser religiosa. Y, una vez más, digo que por fortuna Raymundo Ramos lo ha escrito, por cuanto esta clase de libros, como muchos otros de los que carecemos, son necesarios a la cultura, y mucho, creo, a la cultura mexicana.

  No se piense, finalmente, que no hay nada en el prólogo de este deíctico que yo no hubiera escrito. De hecho, a la par que lo leía para esta presentación, he debido profundizar en más de un aspecto de los que en él aparecen, porque son —dos o tres de esos aspectos suyos— los mismos que yo trato en un cuadernillo de próxima aparición que vengo anunciando desde hace algunos años, sobre algunos sonetos escritos en español. Y debo decir, por último en cuanto a este inciso de mi relación personal con el autor del libro que hoy presentamos, que me ha sembrado un gran interés, sobre uno de los temas de ese futuro cuadernillo mío, debido a que por su parte Raymundo anuncia en su prólogo al deíctico la próxima publicación de un trabajo sobre un soneto de fray Miguel de Guevara del que se deriva el de Renato Leduc sobre el tiempo, que es uno de los temas de mi cuadernillo.

  Reitero, para pasar al siguiente inciso, que este libro que hoy presentamos aquí es un hermoso y loable trabajo intelectual que algún escritor docto y fino debía hacer, y que ha hecho, con todo acierto, Raymundo Ramos.

2. Del nombre del libro

Ramos escogió para título de su libro la palabra “deíctico”. Los griegos, dicho en palabras de la Real Academia Española, postulaban “lo deíctico” como el señalamiento “inconceptual” de lo que vemos o recordamos. Era un concepto que la gramática griega aplicaba a los pronombres como “yo”, por cuanto tienen precisamente tal función; en su caso, dicho pronombre señala a quien está diciendo la palabra “yo”. Equiparando esto con el lenguaje de la óptica, encuentro que el “deíctico” equivale al “percepto”, o sea la imagen de lo que estamos viendo en un momento dado. Pero, según Herbert Read, el recuerdo de ese momento constituye ya la imagen “mnémica”. O sea que en óptica hay ya un avance respecto de la conceptualización de lo que ocurre con el lenguaje, como es lógico si recordamos en qué época surge cada una de las dos inquietudes científicas. Y regresando a lo nuestro, Manuel Seco propone en primer término “deíctico” como “señalador”; es decir, entiendo, como “mostrador”, que es una de la acepciones tradicionales de la palabra “muestra” en tanto que “selección” o “antología”. Y, al citar la Gramática de Francisco Marcos Marín, precisa Seco esto que, creo, acaba por acercarnos mucho al asunto de esta noche. Dice Seco que dice Marcos Marín: “La deixis es una señal que sirve para colocar en el espacio y en el tiempo una sustancia semántica”. Y concluye el académico actual: “Los deícticos son, pues, actualizadores”.

  Luego entonces, se trata, en el caso del Deíctico de poesía religiosa mexicana, de una actualización del tema. Sin embargo, aún debemos considerar algo más: seguramente no se trata, en Ramos, de un registro exhaustivo, como, por ejemplo, el que en 1940 hizo Francisco J. Santamaría con su compilación de la poesía tabasqueña que iba de 1790 hasta su propio tiempo, para la cual, aun llamándola “antología”, o sea “selección”, no hizo en ella distingos de ninguna clase, sino que puso en sus páginas a todos los poetas tabasqueños muertos y vivos que conocía. Por lo que ahora sabemos, aquel libro fue de veras un “deíctico”, a cuyo doctísimo autor pudo habérsele escapado el término para ponerlo con todo acierto en la carátula. Ramos, por su parte, nos dice en el subtítulo, que por razones de diseño quedó en antetítulo, que su obra es precisamente una “selección”: “Prólogo, selección y notas de Raymundo Ramos”.

  Y dice Ramos, al final de su prólogo al libro que ahora comentamos, sobre los autores que en él ha incluido: “El índice propuesto apunta a un más allá de la frontera imposible: al cielo abierto de una escritura que se crea y se recrea en su particular semiótica denotativa”. Es decir, que nuestro autor retoma el concepto de “deíctico” dado primeramente por Manuel Seco en el sentido de que su libro se trata de un señalamiento, de una muestra de hacedores mexicanos de poesía religiosa. A tales autores, Ramos, si bien habrá de ubicarlos cronológicamente a medida que las páginas avancen, marca a cada quien desde su prólogo según la tendencia en que los incluyeron antes su tiempo y su convicción personal, ya sean los “embobados” de Dios, los que saben de Dios lo que de él ignoran, los que registran su silencio o lo perciben entre ruinas, los que lo buscan tras considerarlo perdido, todas estas posibilidades planteadas como subtítulos, entre otros, del excelente prólogo de Raymundo Ramos a su compilación poética. El resultado, como podrá comprobar quien lo lea, es espléndido.

3. De los poemas

Por lo que hace al brillo, no sólo al libro de Ramos, sino que por entero a la poesía religiosa de México, le ocurre lo que una vez me dijo Emilio Carballido respecto del cuentario La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés: “Como el mejor cuento está al principio, ya lo demás como que desencanta”. Hablo estrictamente de los poemas, cuya calidad no es responsabilidad del autor, y entre los que desde luego se encuentran algunos, completos o fragmentados, de poetas tan inmensos como Sor Juana o José Gorostiza.

  Es decir, que como a fray Miguel de Guevara se le ocurrió nacer en el siglo XVI y no después, y por tanto no podía sino escribir en ese mismo tiempo su quizás no tan prematuramente culminante soneto “A Cristo crucificado”, el que no sólo yo sino un sinnúmero de lectores gustamos de considerar el máximo poema religioso de la lengua española, pues, como se dice todavía por allí, ustedes comprenderán. No obstante, debo decirlo antes de que provoque yo un desencanto total del deíctico, una virtud del mismo es que además del soneto de Guevara hay otros brillos, si bien menores, no menos intensos. Sería cosa de imaginar una joya en la que hay un gran brillante central y, alrededor suyo, una serie de brillantes y otras piedras preciosas menores; bellas, legítimas, impresionantes, sólo que menores que la central. Todos hemos visto una pieza así, y quizás con esta comparación pueda aceptarse mi criterio respecto del libro que estamos comentando. Claro que mi propuesta no es del todo buena, porque en esto de los poemas del libro de Raymundo, y sobre todo en esto del de Guevara, no cuenta el tamaño, sino la bienhechura y la carga emocional con que nos estremecen. De todos modos, porque así es la vida, esa clase de joyas tienen la particularidad de hacernos que fijemos la mirada en su centro, y sólo siendo especialistas, o teniendo un interés especial en la joyería, revisamos también con atención las periféricas. Es, para mí, el caso presente.

  Pero también me apresuro a decir que no todos los poemas incluidos en el deíctico de Raymundo Ramos son joyas, como espero poder demostrar, aunque sin duda su presencia en el libro es del todo necesaria para dar constancia del camino seguido por la poesía religiosa en México.

  Ilustraré esta afirmación mía agrupando los poemas del libro en varias partes, a saber:

a)  Poema culminante.

b)  Poemas brillantes.

c)  Poemas hechos por compromiso o por encargo.

d)  Poemas de seria expresión religiosa.

e)  Poemas de franca manipulación demagógica.

  Como he dejado dicho, para mí el primero, el poema culminante de este deíctico, es el más conocido de fray Miguel de Guevara, que al margen de cierta discusión sobre la paternidad del fraile sobre él, repito, es para muchos, entre quienes me encuentro, la cima de la poesía religiosa en español. Daré un par de razones por las cuales lo es para mí:

  Primero: un valor toral de la doctrina cristiana es el llamado “acto de contrición”, del que hay dos modalidades: el perfecto y el imperfecto. El primero gana para el pecador el Cielo por el arrepentimiento basado en el amor a Dios, y el segundo se lo gana por el temor de Dios, o sea por el temor al castigo eterno. El primero da el pasaporte directo al Cielo, y el segundo lo da con el intermedio del Purgatorio. El de Guevara es el único caso de poema cristiano en el que se trasluce un acto de contrición perfecto. Por otro lado, el soneto de marras posee la perfección formal digna de la divinidad, que es el propósito fundamental de la forma “soneto”, en un momento culminante de la religiosidad católica. Con ello, desde el punto de vista de lo que para Arnold Hauser es lo clásico, no hubiera tenido mejor forma para su contenido, ni mejor contenido para su forma. Como supongo que habrá de leerse al rato, me abstengo de abundar en él ahora en su totalidad y sólo recuerdo su  comienzo magnífico:

No me mueve, mi Dios, para quererte,/el cielo que me tienes prometido;/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte…

  Entre los segundos, o sean los poemas brillantes, pongo en primer lugar “Oh arquitecto de amor”, de Bernardo de Balbuena (1562-1627), cuya última de cinco octavas dice:

¿De qué limpio cristal el agua pura/su licor destiló, fresco y süave?;/¿quién le vistió a la nieve su blancura,/ y sus alientos de volar al ave?/De esta inmortal lazada la hermosura,/¿qué ojos la vieron dar? ¿Qué sabio sabe/su duración, el tiempo que le queda,/y cuántas vueltas faltan a su rueda?...

  Otro poema brillante es éste soneto de Francisco Manuel Sánchez de Tagle (1782-1847), cuya buena factura lo distingue de otros que abordan el mismo tema, pero que por la incultura o frivolidad de sus autores resultan fallidos:

¡Oh lira, que hasta aquí locos amores/en tus vibrantes cuerdas suspiraste,/y dócil a mis voces me ayudaste/a comprar por un goce mil dolores!//Ya que hiciste armoniosos mis errores,/y a mi locura seducción prestaste,/herido de otro plectro da, en contraste,/con acuerdo mejor, tonos mejores.//Llora de los pasados años míos/prolongada maldad, crímenes tantos,/y tan multiplicados desvaríos://de amarga contrición rige los cantos/en que le pida, con acentos píos,/misericordia al Santo de los Santos.

Vocablos hoy chocantes como “plectro” y “desvaríos”, lo son por haber devenido lugares comunes. En el caso del poeta Sánchez de Tagle, eran él y otros de su generación quienes estaban introduciéndolos o generalizándolos en la poesía, y fueron otros, copiándolos hasta el cansancio, quienes acabaron por desgastarlos.

  En tercer lugar, entre los poemas brillantes del libro de Ramos, nadie dudará en consignar el inicio de Muerte sin fin, el gran poema metafísico de José Gorostiza, si bien en este caso siempre he creído que lo metafísico es más amplio que lo religioso, e incluso puede o no incluirlo, por cuanto se refiere a los “enigmas” de la existencia, que inquietan a todos los seres humanos, y no sólo a los “misterios”, que pueden quedar incluidos en aquel panorama general, pero que son exclusivos, estos sí, del pensamiento religioso. Si considerase Muerte sin fin como un poema sólo religioso, quizás me vería en problemas para decidir sobre la preeminencia entre él y el soneto “A Cristo crucificado”, de fray Miguel de Guevara. Pero como no es así, lo considero sólo aquí, ahora, uno de los poemas brillantes del libro de Ramos.

  Supongo también que el fragmento que de Muerte sin fin aparece en el deíctico será leído más adelante. Pero, si no hay tal, doy por hecho que es un poema de todos conocido, por ser uno de los dos poemas más importantes de la poesía mexicana, junto con el Primer sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz, por lo que asimismo omito leerlo.

  Entre los poemas que llamo “de seria expresión religiosa”, está el soneto “doloroso” de Carlos Pellicer que dice así:

Haz que tenga piedad de ti, Dios mío./Huérfano de mi amor, callas y esperas./En cuántas y andrajosas primaveras/me viste arder buscando un atavío.//Vuelve donde a las rosas el rocío/conduce al festival de sus vidrieras./Llaga que en tu costado reverberas,/no tiene en mí ni un leve calosfrío.//Del bosque entero harás carpintería/que yo estaré impasible a tus labores/encerrado en mi cruenta alfarería.//El grano busca en otro sembradío./Yo no tengo qué darte, ni unas flores./Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío.

  Seré localista, pero otro poema “de sincera expresión religiosa”, es también de otro tabasqueño, Andrés Calcáneo Díaz (1874-1914), quien hereda el soneto modernista en alejandrinos y nos dice el siguiente desplante heterodoxo, respecto del tradicional ofrecimiento cristiano de “la otra mejilla”, en estos que son los tercetos de “Ante un crucificado”:

Con miel de amor ungías las llagas y las penas;/pero también tu mano coyundas y cadenas/quebrantó, porque odiabas la férula y el vicio.//¡Ser justo fue tu crimen..! Y el golpe de la muerte/en actitud colérica debió de sorprenderte:/¡lanzando imprecaciones en medio del suplicio!

  Llamaría la atención de Raymundo Ramos, para una siguiente edición de su libro, sobre la errata que cambia, en el apellido de este poeta, la debida “n” por una errática “r” que lo convierte de “Calcáneo” en “Calcáreo”.

  Un poema sin duda hecho por encargo, en el que se advierte con claridad una terrible disminución del bello tono poético de la primera parte, en la que hasta aparece una imagen a la altura de cierta metonimia de Jorge Luis Borges, para entrar en el terreno ramplón de lo propagandístico, es el que Hernán González de Eslava (1534-1601) llamó “Glorioso Nuevo mundo”:

El mal se destierra,/ya vino el consuelo:/Dios está en la tierra,/ya la tierra es cielo.//Ya el mundo es trasunto/del eterno bien,/pues está en Belén/todo el cielo junto;//no fallece punto/de ser gloria el suelo:/Dios está en la tierra,/ya la tierra es cielo.//Ya baja a ser hombre/porque subáis vos;/ya están hombre y Dios/debajo de un nombre…

  Este último verso es la notable imagen a la que me refiero: “Ya están hombre y Dios debajo de un nombre”. Y el final, triste por la obvia equivocación en que iba a incurrir gracias a las múltiples fallas de la condición humana, y en especial gracias a guerreros diversos entre los que el más reciente es un señor de apellido Bush, que más bien insiste en traer a la Tierra el infierno, es éste:

…Ya no habrá más guerra/entre cielo y suelo:/Dios está en la tierra,/ya la tierra es cielo.

  Entre los poemas francamente manipuladores de este libro, por último, y recuerdo que su autor no tiene responsabilidad sobre este particular, si no la muy bien cumplida de ponernos en conocimiento de ellos, considero el peripatético y pretendidamente lacrimógeno soneto que se llama “Acúsome, Señor”, de Francisco Javier Moreno, nacido en 1895, cuyo segundo terceto es el siguiente:

Y si encuentras en mí sólo tibiezas,/dame más vida para ser más bueno,/¡aunque me des con ella más tristezas!

  Felicito a Raymundo Ramos por este excelente deíctico, que nos pone en contacto con la realidad de la poesía religiosa de nuestro país, de la que muchos hablan y pocos conocen, y menos acompañada de la conceptualización profunda del propio Raymundo Ramos. Le agradezco al autor, al maestro y al amigo que nos haya hecho leer de nuevo joyas como las que he comentado, y le agradezco finalmente que haya sido él quien ha escrito el libro, no sólo por haberlo hecho tan bien, sino por las razones que ya expliqué hace algunas cuartillas.

*De Anáforas, 2, libro en prensa.


La luna en tu corazón

Escrito por fridavariniapoesia 09-01-2018 en Poesía homenaje. Comentarios (0)

en memoria de Raymundo Ramos

Te has ido con la tarde

con la luna casi llena

a lo lejos berrea la borrega

triste por la partida de su compañera


Es fin de año

veo la luna y ya siento que

tú eres quien la ilumina


Estoy frente a la cruz  de vidrio

frente a tus dioses prehispánicos

estoy en tu casa

         en tu terraza

         en uno de los sueños que tú

construiste

        haciendo lo único que aprendí bien de ti

juntar palabras y emociones

para no morir contigo


Los días aciagos, días que no

caben en ningún calendario

estos días ausentes en el tiempo

siempre serán tuyos

                       para ti solo

y a pesar de que ya eres

parte de la eternidad

en este momento eres parte de un puente invisible

sólido y fuerte como la roca

más incorruptible

un puente de amor

en el cual transitamos todos

 para despedirte


Eres el padre

el poeta

el maestro

el hombre


Eres el  verbo encarnado

en el  sustrato poético de la palabra

aquella que sembraste

con la bondad de tu inteligencia

y la sensible fuerza de tu lenguaje


Como un roble en la resistencia

tendido  sobre la superficie del mundo

se levanta tu  espíritu

Eres, en todas partes y para siempre

nieve de acero

cuchilla de luz interminable


Llenaremos el universo

los jardines enteros con tus versos

y no habrá ninguna sílaba olvidada

porque haremos todos juntos

 de tu poesía

una oración cada mañana

y llevaremos en la memoria

la luna en tu corazón.


Frida Varinia

Casa Kokay, 31 de diciembre 2017